sábado, 28 de abril de 2012

Una Conversación Entre Tres

Después de un tequila, el jugo de un pedazo de limón y unos granitos de sal que  en ese instante estaban bajando por la garganta,  me volví a presentar con las dos  mujeres que estaban sentadas a la par mía y en son de broma y aún con el choreque cocido por el tequila les dije: “mi nombre es Ilka pero me dicen Magnolia, ¿y ustedes cómo se llaman?”
La de pelo colocho de baja estatura y con un lunar en los labios contestó entonada por la euforia del brindis, “soy Jacinta pero aquí me dicen María”, la otra, de  pelo liso y dos coronas de oro incrustadas en los dientes de enfrente aún sonriente y jacarandosa por el líquido que bebía lentamente sin sal y limón, contestó: “soy Petronila pero aquí me dicen Ana”.
Lo de llamarme Magnolia fue pura invención del momento, calor del tequila y el contraste de la noche fría que caminaba lento acompañada del cielo alumbrado por las estrellas, realmente mágico en las noches emponchadas del invierno. La calefacción espantaba un poco el viento frío que se colaba por las ventanas del lugar.


“Fue una broma, les dije después, soy Ilka pero me dicen Ivonne”, expliqué que mi segundo nombre es Ibonette y que a las personas de habla inglesa se les dificulta pronunciar mis nombres y encuentran fácil acortarlo a Ivonne. Yo también  pertenezco al grupo de las personas que pierden el nombre cuando emigran, más cuando el idioma del suelo extraño  no es el castellano.
Ambas nacidas en el occidente del país guatemalteco, por miedo a ser deportadas se inventaron un nombre y con él trabajaron, comieron y durmieron.
Se apoderaron del personaje de tal manera que lo hicieron suyo, se convirtió en su sombra.
El miedo a una deportación las hizo esconder su verdadera identidad, despertar, cepillarse y meterse dentro del otro nombre ajeno hasta que llegara la noche y desnudarse para dejarlo arrumado en una esquina de la habitación.
Los años pasaron y ambas lograron la legalización.
Fue hasta entonces que presentaron sus verdaderos nombres que solo les sirvieron para firmar el documento de residencia y de asilo político porque siguen siendo llamadas por los nombres que inventaron cuando pisaron tierra gringa.
Dos de muchas historias, de las miles que forman parte de los doce millones de personas sin documentos legales en este país del norte.
El segundo tequila nos lo bajamos a la salú de nuestros nombres verdaderos, por la identidad y el recuerdo de la raíz y el nido patrio. Me pidieron el número de teléfono para bajarnos el tercer tequila en una próxima ocasión.



Por: Ilka Ibonette Oliva Corado.
Febrero 02 de 2012.
Estados Unidos.

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